Los venezolanos somos muy cómodos, y muchas veces rayamos en la incoherencia. Usamos calentadores de agua para no congelarnos en la mañana antes de ir al trabajo, pero si vamos a Mérida, nos parece “chévere” lanzarnos al río. Nos divertimos llevando sol en un juego de baseball, pero no toleramos un minuto de calor en nuestras casas y rápidamente prendemos el aire acondicionado. Pasamos horas caminando como los propios bolsas viendo vitrinas en un centro comercial, pero cuando vamos al trabajo tomamos algún tipo de transporte, aunque éste quede a escasas 3 cuadras. Tecleamos miles de letras en la PC a diario, pero somos incapaces de recordar pulsar el botón de OFF de la TV cuando no la estamos viendo. Puedo seguir y seguir y seguir con más incoherencias que cometemos los venezolanos con respecto a la conservación ambiental. Podría nombrar otra relacionada con la política: somos tan descarados que le echamos la culpa al gobierno de los males de la sociedad, cuando la sociedad misma es tan irresponsable que comete actos como los que acabo de mencionar (pero ésto es parte de otro post).
Peor aún, el que la caída de agua más alta del mundo esté próxima a desaparecer por nuestra propia irresponsabilidad, no parece importarnos mucho. A pesar de la gran ofensiva mediática que se ha hecho en torno al ahorro energético, sigo viendo personas comportándose de la misma manera, como si nada estuviese sucediendo.
Los venezolanos somos muy cómodos, pero la comodidad se paga, y bastante caro.



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